Infancia de Juan Rulfo en San Gabriel
Por: José de Jesús Guzmán Mora
Juan Rulfo nació el 16 de mayo de 1917. Él sostuvo en entrevista (televisión española 1977) que este acontecimiento ocurrió en la hacienda de Apulco, municipio de Tuxcacuesco, Jalisco; fue registrado y bautizado en Sayula. Vivió en San Gabriel, Jalisco hasta los diez años, ya huérfano, en compañía de su abuela materna.
Antecedentes. En 1914, contrajeron matrimonio Juan Nepomuceno Pérez Rulfo y María Vizcaíno y Arias, padres de Juan Rulfo, en el templo de Apulco. En diciembre nació Severiano, hermano mayor de Juan Rulfo, y con motivo de los ataques a los hacendados de la región su familia se estableció en Sayula. Enseguida sus padres y hermanos, Severiano, Francisco y Eva, se instalaron en San Gabriel a partir de 1919.
Su casa paterna.
Por la calle Hidalgo, a espaldas del Templo Parroquial de San Gabriel, existen tres casas: la de la familia Corona Curiel, en el otro extremo la de la familia Sedano Vargas y la de en medio que era propiedad de Juan Nepomuceno “Cheno” Pérez Rulfo y María Vizcaíno y Arias. En esta última casa, vivió la familia de Juan Nepomuceno “Cheno” Pérez Rulfo y María Vizcaíno y Arias. En 1923, nació María Eva, hermana de Juan Rulfo.
Juan Rulfo (izquierda). Foto cortesía, ca. 1918.
En el Colegio Josefino. En 1923, Juan Rulfo ingresó a la escuela primaria. En 1924, ingresó al Colegio de la Orden Francesa de las Madres Josefinas, que venían de Colima. Junto a sus compañeros tuvieron que ingresar a la escuela de la maestra Pudenciana Cervantes Chávez y enseguida con la maestra María Ayala, cuando inició la guerra cristera. La muerte de sus padres, obligaron a que él y sus hermanos, quedaran bajo la custodia de su abuela materna doña Tiburcia Arias. Juan hizo su primera comunión en San Gabriel el 19 de marzo de 1923, día de San José.
Su madre murió cuando Juanito tenía diez años, y fue enviado junto con su hermano Severiano, al Colegio Luis Silva, de Guadalajara. Posteriormente ingresó al Seminario Conciliar del Señor San José y luego de una estancia de tres años, regresó a San Gabriel, y a Apulco.
Testimonios de su infancia en San Gabriel. Existen testimonios fehacientes de su infancia, entre ellos el de un compañero de escuela y colegio que acostumbraba pasar sus vacaciones en San Gabriel: Saturnino Ramos. Este personaje identificó a Juan Rulfo y a su hermano Severiano de entre la chiquillada donde aparecen con el párroco don Ireneo Monroy y las Religiosas de la Orden de las Josefinas.
Igualmente existen los testimonios de Magdalena Corona Curiel, vecina de la familia de don “Cheno” que conoció muy bien a la familia Pérez Vizcaíno.
⦁ La señorita Magdalena Corona (entrevistada el 4 de julio de 1987, por el Dr. Juan Villalvazo Naranjo, en La Voz del Llano No. 75) decía que…
“Don Cheno, era como muchos de los señores de su tiempo, con cierta posición, que eran dueños de tierras y que tenían a su cargo muchos trabajadores, además de una muy propia forma de ser. Ven acá chillón –le decíamos a Juanito- lo queríamos mucho y siempre estaba de visita en casa. Después quise verlo, quise saludarlo, pero ya no fue posible; las veces que él vino quizás yo no estaba aquí.
Estos niños tuvieron penas muy fuertes de chiquitos, tuvimos también la revolución y la cristiada. Todas esas cosas se juntaron y Juan tal vez como las recuerda, como se las dijeron, o como el fantasiosamente se las imaginó, son las cosas que le sirvieron de alimento, para hablar de esto. Personajes, casa, callejones, paisajes, amaneceres, anocheceres, climas, ánimas, misterio, muerte, crimen, bestialidad, prepotencia, seducción y despojo, son elementos que él tomó de este Llano. Todo lo que él dice en sus obras ha salido de aquí, porque aquí está el origen de su mente creativa, de su mente mágica, de su tormenta y de su gozo.
En este lugar habitaron familiares cuyos nombres, hoy son tan legendarios, nos parece que pertenecen a épocas y lugares muy remotos. Pero no, todo ha salido de aquí; tan solo recordemos a los Pinzón, los Manzano, los Cortina, los Fregoso, los Soto, los Michel, los Curiel, etc. Para ser más concretos citemos algunos personajes de San Gabriel de entonces: don José Morett, Edmundo Villa, Severiano Soto, Antonio Corona, Eligio Fregoso, Mica de la Fuente, Pepe Sedano, Primo Villa, Maximiano Trujillo, Concha Pinzón, Juan Santana. Se fueron yendo de San Gabriel, poco a poco, algunos dejaban encargados sus muebles y casas con la idea de que pronto regresarían, pero la realidad es que poco a poco las grandes casonas se fueron quedando arrumbadas, con muebles y demás enseres del hogar, debidamente cubiertos para que no se perdieran en su ausencia, y así poco a poco, San Gabriel se fue quedando solo, se fue muriendo, se fue muriendo.
En cierta ocasión venía don Cheno en su caballo y traía a Pancho, uno de sus hijos bastante enfermo, cuando le salieron al camino unos hombres queriéndolo matar, pero como venía acompañado del pequeño, dijeron que ese niño era inocente y no tenían por qué perjudicarlo. Pero un tiempo después vino un señor en la noche a tocar en la casa de mi papá, trayendo una carta en donde le decían que habían matado a Cheno, para que avisara a su esposa y que ya lo traían a San Gabriel. Pero cuando mi papá fue a decirle a doña María, ella ya venía llorando desconsoladamente.
Mi hermano Toño, acompañó a María para que se cerciorara sobre la veracidad del recado que mi padre había recibido. Mi hermano me dijo que se sintió tan impresionado al ver que al poco (tiempo) de salir de San Gabriel en la madrugada se veían unas filas de mechones de ocote y al acercarse más, el grupo de acompañantes y por delante las mulas en donde traían a Cheno. Pobre Cheno, era de un carácter muy duro. A Cheno lo sepultaron aquí esa misma mañana, porque lo habían matado un día antes. La pobre María vio en dos ocasiones al asesino de Cheno, y en ambas ocasiones se quedo sumamente enferma de la impresión de vero y de su incapacidad para denunciarlo, porque decía ‘A Cheno ya me lo quitaron, y si lo denuncio, en lo que lo señalo lo matan los familiares de Cheno, y yo no quiero que eso suceda… va a sufrir su viuda lo que yo estoy sufriendo, no; mejor que Dios lo juzgue’.
María no duró muchos años, quedó delicada. A su muerte, se hizo cargo de los chiquillos su abuela doña Tiburcia Arias, que ya era muy grande. A la muerte de ella, uno de los jovencitos se quedó con Vicente Vizcaíno y los demás se fueron con la mamá de Cheno a Sayula.
Cuando murió María, lo recuerdo muy bien, fuimos a su casa y cuando entramos a su pieza (recámara) en donde estaba tendida los dos chiquillos se acercaron a la cama, colocaron una sillita para subirse y con una cobija en las manos querían cubrir a su mamá, porque según decían su mamá tenía frío…’ Ya le hablamos y no nos responde, está muy fría y no nos responde, está muy fría y le traemos su cobija para que se tape’. Aquí en el panteón, en la fosa de don Carlos Vizcaíno, abuelo de ellos, están sepultados todos. Está Tiburcia, Cheno, María y toda la familia”.
⦁ En una entrevista a la señorita María de Jesús Guzmán Hernández ( La Voz del Llano, 16 de enero de 1988) ella dice:
“Recuerdo la niñez de Juan Rulfo allá por los años de 1924 a 1927 cuando ambos estudiábamos en el Colegio de las Madres Josefinas, que estaba en el anexo del Santuario en esta población. En el Colegio se impartían los 6 grados de primaria, además de párvulos. Nuestros compañeros de escuela eran Severiano, Alfonso Gómez, el mañero, Mariquita Rojas, Tomasita y Crucita Arias; mi maestra de primer grado era la Madre Mendiola, que era auxiliada por Juanita García. Algo de lo que siempre he tenido un buen recuerdo, era del tiempo de las posadas ya que cada día se festejaba en el Colegio y nos obsequiaban tostadas, pozole, bolos con pinole o confeti. En aquel tiempo en los espacios de recreo jugábamos a la gallinita ciega, a la matatena. Para 1926 las Madres Josefinas ya se habían marchado, recuerdo que el 4°año lo hice en la casa que está frente a la de Nacho Cobián, que ahora es de la parroquia.
Por aquel tiempo había mucha industria casera; se hacían sombreros de sollate, sombreros de palma, costalitos de dos riendas, los costales de hectólitro, había carpinteros, fábricas de jabón de unto, velas de cera, velas de cebo, había cobijeros que trabajaban la lana en gran forma, la elaboración de dulces. San Gabriel se fue quedando solo poco a poco; primero por la revolución, luego por la cristiada y después por lo empobrecido que quedó la región, ya que no había trabajo y toda la gente se fue saliendo hasta casi dejarlo como un pueblo fantasma.
Aquel tiempo fue algo horrible; la angustia en las familias empezaba cuando se cortaba la luz y el telégrafo, y cuando se empezaba a escuchar el cuerno, que a manera de clarín, hacían sonar para señalar la presencia de cristeros, cuando esto iniciaba la gente corría a encerrarse en sus casas. Cuando los cristeros llegaban al pueblo lo hacían con gran escandalera, descargando sus armas al aire, normalmente sus visitas obedecían a que iban en busca de alguien”.
Juanito pasó su infancia envuelto en el ambiente violento de una época que no se terminaba una lucha revolucionaria y ya había una guerra religiosa. Ese ambiente de bandidos y muerte marcó fuertemente al futuro escritor. Puede afirmarse, que la rebelión de los cristeros, fue determinante para marcar el contenido de su vocación literaria.
⦁ Cuando se entrevista a María Guadalupe Preciado Castañeda (La Voz del Llano, mayo de 1988), después de varios recuerdos por su infancia (nació en 1907) dice:
“De los Pérez Rulfo, me acuerdo muy bien. Todos ellos son mucho más chicos que yo, los recuerdo al igual que a muchos muchachos en edad escolar. Mariquita, la mamá de ellos, murió muy joven dejando huerfanitos sus hijos a muy temprana edad. Mientras que los muchachos más grandes eran muy abiertos y comunicativos, Juan era muy atufado, reservado, poco comunicativo; a Evita, me acuerdo que casi siempre la vestían de largo y de color negro; los muchachos vestían de pantaloncitos cortos y saquitos, ellos nunca vistieron de calzón.
La señora María Vizcaíno era una señora demasiado decente, bonita, alta, delgada, y blanca. Humilde y sencilla en su manera de vestir; yo la recuerdo ya de viuda, siempre de negro y acompañada a cualquier parte de su fiel sirvienta, a cargo de quien estuvieron por un tiempo los huerfanitos.
María, como era hija de ricos, asistió al renombrado Colegio de Ejutla; la señora era demasiado correcta, pulcra y muy respetable en todos los sentidos. Era muy recogida, hogareña y piadosa. Era, en resumen, una excelente mujer. Don Carlos, papá de María, fue el único, que yo supe, que en aquel tiempo fue a Roma; en ese tiempo tenían que acompañarse de bastantes caballos y mozos, para ir cambiando de remudas, hasta llegar a Veracruz; de ahí se embarcaban para ir a Roma. Don Carlos regaló todo el mármol, para el altar mayor de San Gabriel, además de que apoyó la construcción del templo de Apulco”.
⦁ Don Enrique Arámbula Argote, gabrielense, nacido en 1917, fue condiscípulo de Juan Rulfo, así lo recuerda en entrevista realizada en mayo de 1988.
“No logro apartar de mi memoria aquellos días, en que al igual que otros niños de San Gabriel, asistíamos al Colegio de las Madres Francesas de las Josefinas, y digo lo anterior, por la amistad que de mi interior nacía hacia Juan Pérez Vizcaíno. Yo no podía concebir, que un niño como lo era Juan, no tuviera papá; ya que su padre había muerto y me sentía unido a él espiritualmente por la carencia que él tenía. Pero también recuerdo, como a él, lo enviaba siempre al Colegio con un vaso de leche y un plátano macho amielado, del que por cierto jamás me dio, siempre me quedé con las ganas de que algún día me ofreciera.
Es para mí un orgullo que con dos pequeñas obras, haya llegado mi paisano y amigo Juan Rulfo, a la cumbre en donde la opinión pública lo ha colocado”.
Las confesiones sobre su origen e infancia.
Fueron varias las ocasiones en que Juan Rulfo dijo ser de San Gabriel. “Yo nací en un pueblo que tenía un río, pero que ahora no tiene agua”, dijo al Suplemento Dominical de un periódico tapatío; el río se encuentra en el centro de la población, corre de oriente a poniente y atraviesa la calle Evaristo F. Guzmán, donde está construido un puente desde mediados del siglo XIX, a una cuadra de la casa que fuera de los Pérez Rulfo-Vizcaíno. Rulfo tomó como escenario las escenas de campo del Sur de Jalisco para situar a sus personajes, que adquirieron carácter universal, el mismo dijo en algún momento:
“El paisaje que corresponde a lo que yo escribo es la tierra de mi infancia. Este es el paisaje que recuerdo. Es la atmósfera de ese pueblo en que viví, lo que me ha dado el ambiente. Ubicado en ese lugar, me siento familiarizado con personajes que no existieron, o que quizá sí”. En otro momento durante ciertas charlas con los amigos decía: “La primaria la hice en San Gabriel, ese es mi mundo. Y allí viví hasta los diez años. Es uno de esos pueblos que han perdido hasta el nombre”.
Juan Rulfo en San Gabriel, foto archivo, ca. 1934.
Durante sus años en San Gabriel, entró en contacto en 1926 con la biblioteca del Cura Ireneo Monroy Nuño, depositada en la casa familiar, y recordará siempre estas lecturas, esenciales en su formación literaria. Algunos autores acostumbran destacar su temprana orfandad como determinante en su vocación artística, olvidando que su conocimiento temprano de los libros mencionados tendría un peso mayor en este terreno. En una entrevista, dijo:
- Yo tuve en la casa la biblioteca del Cura de mi pueblo, porque estalló la cristiada, una rebelión cristera, y entonces el Cura guardó su biblioteca en mi casa y ahí leí desde Emilio Salgari a Alejandro Dumas, todo; era un Cura muy raro, porque no tenía casi libros religiosos, ni novenas, ni cosas así, sino que tenía muchos libros de historia y de novela, tenía mucho de novela y tenía todas las obras de Víctor Hugo, de Alejandro Dumas. También tenía el Índice, el famoso Index Papal, las obras prohibidas.
- ¿Y tenía obras prohibidas?
- Sí, las tenía, porque él esa biblioteca la había hecho en un pueblo pequeño --bueno, no tan pequeño, 7,000 habitantes--, pero recogía de las casas los libros con el pretexto de que era el Censor oficial, para decirles a las familias si podían leer los hijos esos libros, si estaban autorizados por la Iglesia para ser leídos. Entonces, con ese pretexto, se apoderaba de todos los libros que había en el pueblo y era el único que tenía biblioteca.
Juan Rulfo y sus compañeros del Colegio, 1923. Foto colección Villa de la Mora.


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