¿Cuántas mujeres necesitamos recordar para contar la historia de Autlán?
La memoria de un municipio también se construye con los nombres que decide conservar. En Autlán, las mujeres han participado en la educación, la literatura, el teatro, la música, las artes visuales y la investigación. Sin embargo, muchas de esas historias permanecen dispersas, poco conocidas o fuera de los espacios con los que una comunidad construye su memoria.
Por Andrea Reynoso Gutiérrez
Fotografía: CulturAutlán
Hay nombres que forman parte de nuestro paisaje cotidiano, que los encontramos en las calles que recorremos, en las escuelas donde estudiamos, en las bibliotecas, en los edificios públicos y en los monumentos. Son nombres que, con el paso de los años, dejan de ser solamente nombres propios y se convierten en parte de la identidad de una ciudad.En Autlán, muchos de esos nombres pertenecen a hombres, y no es necesario cuestionar sus aportaciones para reconocer que existe una ausencia: son pocas las mujeres cuya memoria ocupa esos mismos espacios.Y entonces aparece una pregunta incómoda: ¿Cuántas mujeres necesitamos recordar para contar la historia de Autlán? Aquí no se trata de sustituir nombres ni de construir una historia en oposición a la de los hombres. Se trata de preguntarnos si la historia que conocemos está completa, porque las mujeres estuvieron ahí; la diferencia es que muchas veces sus nombres no llegaron a los libros, a las placas, a los monumentos ni a los relatos oficiales.
Una revisión del archivo de CulturAutlán permite encontrar una memoria femenina mucho más amplia de la que suele aparecer en las narraciones generales sobre la historia cultural del municipio.Está, por ejemplo, Francisca García Mancilla, maestra nacida en 1895 en el municipio de Autlán. Su trayectoria estuvo vinculada con la educación y el trabajo social. Comenzó a ejercer el magisterio en 1916 y posteriormente desarrolló su labor en Autlán, donde dirigió escuelas y participó en organizaciones sociales y sindicales. Su trabajo también estuvo relacionado con iniciativas para atender las necesidades de los niños de escasos recursos y su nombre no desapareció completamente. La escuela primaria que fundó y dirigió lleva su nombre y, en 2018, fue incorporada a la Galería de Personas Ilustres del Ayuntamiento de Autlán.Pero ¿cuántas personas conocen hoy su historia? La pregunta importa porque recordar un nombre no necesariamente significa conocer a la persona que existe detrás de él.Algo semejante ocurre con Lavinia Cueva Zepeda, poeta y maestra autlense. Su nombre forma parte de la historia reciente de la poesía local y CulturAutlán registra la publicación de su primer poemario en 1988. Su obra continúa siendo recuperada en actividades literarias y homenajes.Está también Josefina Robles Cisneros, médica y escritora, cuya trayectoria fue investigada y presentada públicamente por Miriam Judith Vaca Gaviño en una actividad dedicada a la mujer y la literatura. Su caso resulta significativo porque muestra cómo una mujer puede aparecer en distintos ámbitos —la medicina, la escritura y la vida intelectual— y, aun así, necesitar de una investigación posterior para que su historia vuelva a ser conocida.Y junto a ellas aparecen otros nombres de escritoras y poetas vinculadas con la literatura local, como Celia Michel, Érika Vidrio, Irma Huerta, Estela Villaseñor, Roxana Flores, Ana Delia Uribe y Martha Corona.
La lista comienza a crecer cuando dejamos de buscar solamente “personajes ilustres” y empezamos a preguntar quiénes han participado en la vida cultural de Autlán.Pero existen mujeres cuyas historias no necesariamente aparecen en libros ni en galerías de personajes ilustres, pero permanecen vivas en quienes las conocieron. Como la señora Chayo, maestra por vocación que hizo de su propia casa una escuela y dejó huella en generaciones de alumnos.Y junto a esas historias están las de mujeres cuya trayectoria sí ha sido documentada, como Olimpia Ramírez Camacho, primera mujer presidenta municipal; Áurea Corona, pianista y maestra; o Francisca García Mancilla, educadora y promotora social.Entonces surge una pregunta: ¿cuántos nombres de mujeres se están quedando en el olvido? Porque cuando desaparece quien recuerda una historia, también puede desaparecer una parte de la memoria de un pueblo.
CulturAutlán conserva también un testimonio particularmente valioso sobre las mujeres que participaron en el teatro autlense durante las décadas de 1930 y 1940. Las hermanas Dolores y Esperanza Martínez Guzmán recordaron su participación en grupos teatrales locales que llegaron a representar más de veinte obras y que se presentaron en espacios como el Cine Aurora y el Teatro Mutualista.Entre las integrantes de aquellos grupos aparecen Benita Pelayo, Magdalena Pelayo, Elvira Joya, Refugio Ramírez y Dolores Ramírez. Son nombres que difícilmente aparecen cuando pensamos en la historia cultural de Autlán de mediados del siglo XX; sin embargo, estuvieron sobre los escenarios, actuaron, ensayaron, participaron en coros y cuadros plásticos y formaron parte de una vida artística que también existía y que, al día de hoy, podemos reconstruir gracias a los testimonios que quedaron.
La historia de las mujeres en la cultura de Autlán no pertenece solamente al pasado. En 2025, CulturAutlán documentó la exposición Trazos del alma, en la que participaron Lorena Leticia Cisneros Vargas, María Lourdes Hernández Hernández, Judith Alejandra Huitrón Bernal, Brenda Guadalupe Vargas Ramírez y Valeria Yamil García Nieto.Cinco mujeres vinculadas con las artes visuales desde distintas trayectorias: algunas son autlenses y otras pertenecen a municipios de la región. Sus obras abordan temas como la identidad, la naturaleza, la memoria y las emociones, y aquí ya sus nombres forman parte de una generación que actualmente está produciendo la cultura que mañana será memoria.
Lo mismo sucede con las mujeres que participan en la música tradicional. En mayo de 2025 se realizó la primera entrega del galardón Mujer Mariachi, iniciativa de Diana Hernández Guzmán, con la finalidad de reconocer a mujeres dedicadas a la música tradicional mexicana.Entre las reconocidas estuvieron Diana Ramírez García, Angélica Lizbeth Ambriz Meza, Angélica Alejandra Pamplona Rivera, Alondra Yesenia Blancas Dávalos, Ana Elizabeth Pamplona Rivera, Massiel Güitrón Negrete, Daniela Yanet Arreola Manso, María de Lourdes Tamayo González, Alondra Itzel Sevilla Flores y Carolina González Torres. Y no son solamente nombres de una ceremonia: son mujeres que están construyendo una parte de la cultura musical que habrá que recordar en el futuro, así como lo hizo Olimpia Ramírez Camacho en su momento, quien fuera maestra y primera mujer en ocupar la presidencia municipal de Autlán.Nacida el 17 de diciembre de 1923 en El Rincón de Luisa, desarrolló una larga trayectoria en la educación y llegó a ejercer la presidencia municipal de manera interina entre noviembre de 1991 y marzo de 1992. Su presencia en la vida pública resulta significativa no solo por haber ocupado un cargo político que hasta entonces había estado reservado a los hombres, sino porque representa la participación de las mujeres en distintos ámbitos de la vida comunitaria. En 2024, el Ayuntamiento de Autlán aprobó declararla personaje ilustre, reconocimiento que se suma a la memoria histórica de la ciudad.Olimpia Ramírez murió el 21 de noviembre de 2019, pero su nombre permanece ligado a un momento importante de la historia de Autlán: el de una mujer que abrió camino en la educación y también en la administración pública.
Pero quizá uno de los aspectos más importantes de esta búsqueda sea preguntarnos quién está recuperando las historias que quedaron atrás. Y es entonces que aparece el trabajo de Didiana Sedano Sevilla, investigadora que ha dedicado parte de su labor a recuperar la obra de Refugio Barragán de Toscano, escritora que tuvo relación con Autlán durante su adolescencia y cuya producción literaria ha sido objeto de investigación y recuperación.El trabajo de Sedano muestra que rescatar una figura histórica no consiste únicamente en encontrar su nombre, sino que hay que buscar sus textos, revisar archivos, reconstruir su trayectoria y volver a colocarla dentro de la conversación cultural, y eso es también hacer memoria.Quizá una de las preguntas más importantes no sea por qué conocemos a tantos hombres y a tan pocas mujeres. Quizá debamos preguntarnos quién decidió qué historias merecían ser recordadas, convirtiéndose en una calle, una escuela, una biblioteca o un monumento.No son solamente espacios físicos. Cada nombre colocado en ellos transmite a las siguientes generaciones un mensaje: esta persona fue importante; su vida merece ser conocida.Y entonces vale la pena mirar nuevamente nuestro municipio y preguntar: ¿Cuántos nombres de mujeres encontramos? Y después: ¿Cuántas historias de mujeres conocemos?
Porque una cosa es que una mujer tenga una calle con su nombre y otra muy distinta es que sepamos qué hizo para merecerla.Y aquí surge otra pregunta: ¿Qué pasaría si la historia hubiera sido contada por mujeres?Tal vez encontraríamos otros protagonistas y encontraríamos a las mujeres que educaron generaciones, a las que participaron en organizaciones sociales, a las que hicieron teatro, a las que escribieron poesía, a las que pintaron, a las que conservaron fotografías, a las que investigaron y a las que transmitieron historias familiares.
Quizás también encontraríamos a las mujeres anónimas, a aquellas que nunca publicaron un libro ni recibieron un reconocimiento, pero cuyo trabajo permitió que una familia, una comunidad o una tradición sobreviviera.CulturAutlán nos permite comprobar que los nombres existen: Francisca García Mancilla, Lavinia Cueva Zepeda, Josefina Robles Cisneros, Dolores y Esperanza Martínez Guzmán, Benita Pelayo, Magdalena Pelayo, Elvira Joya, Refugio Ramírez, Dolores Ramírez, las escritoras, las pintoras, las músicas, las investigadoras, las mujeres que hoy están creando.
Pero esta lista no debería ser un punto final, sino que debería ser el comienzo, porque seguramente existen muchas otras mujeres cuyos nombres permanecen en archivos familiares, fotografías antiguas, actas, programas de mano, periódicos, testimonios y recuerdos que todavía no han sido investigados. Y ahí está uno de los grandes retos de nuestra generación. Porque si no conocemos nuestra historia, corremos el riesgo de repetir no solamente sus errores, sino también sus silencios.
La historia de Autlán no fue construida únicamente por quienes aparecen en las placas; también la construyeron quienes nunca tuvieron una.Y es por eso que la pregunta permanece: ¿Cuántas mujeres necesitamos recordar para contar la historia de Autlán? Quizá sean muchas más de las que conocemos y quizá el verdadero trabajo apenas comienza.
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